miércoles, octubre 15, 2008

* ENTREVISTA A ANDRES MONTERO GOMEZ, PSICOLOGO

LA VIOLENCIA MASCULINA HACIA LA MUJER

Prefiere hablar de violencia masculina hacia la mujer en vez de violencia de género. Andrés Montero, presidente de la Sociedad Española de Psicología de la Violencia, ofreció una charla en Donostia organizada por el Departamento para los Derechos Humanos, el Empleo y la Inserción Social de la Diputación Foral.
- ¿Puede resumir en qué consiste la ideología de la violencia masculina hacia la mujer?
- Se trata de ideología machista, patriarcal, de dominación. Como ideología no debemos entender sólamente un presupuesto político, sino un conjunto de ideas para comprender la realidad. Todos los agresores sistemáticos necesitan una racionalización, una justificación de esa violencia. Si no, no la ejercerían. No es lo mismo un brote de agresividad en un momento puntual a que se ejerza de manera sostenida. Las mujeres víctimas de la violencia masculina son agredidas durante una media de 5 años. Para agredir a una persona durante tanto tiempo necesitas una explicación.
- ¿Y lo que persigue el maltratador es el sometimiento?
- Lo que busca toda violencia es la anulación del otro. Y no necesariamente en términos físicos, sino también la anulación identitaria. Si partiéramos de la base ideal de que una relación entre dos personas es simétrica, la violencia siempre va encaminada a modificar ese equilibrio, a que a través de la fuerza se anule el porcentaje de influencia de la otra persona. En el caso de violencia hacia la mujer se da otro componente importante, que es el de la posesión y que va encaminado a dominar e imponer totalitariamente una serie de parámetros. ¿Por qué? Porque tradicionalmente el hombre ha sido educado en base a la idea de que la mujer, de alguna manera, le pertenece, es inferior o es algo que puede manejar. Los agresores usan ese presupuesto ideológico para justificar la violencia que ejercen.
- ¿Hay un perfil de maltratador?
- No. La violencia hacia la mujer se da en todo tipo de estratos sociales, distintos niveles de ingresos económicos, nivel de estudios, franjas de edad...
- ¿Se puede hablar de enfermedad?
- Rotundamente no. Un agresor no es un enfermo, a priori, aunque puede tener una enfermedad como cualquier otra persona. Sólo hay una series de trastornos que de alguna manera modifican el contacto del sujeto con la realidad y que pudieran ser incapacitantes a la hora de considerar el control del individuo sobre su conducta. Estos trastornos están en la franja, desde un punto vista mental, de las psicosis o de los traumatismos cranoencefálicos que debilitan el cerebro para ejercer el control. En términos de porcentaje esas enfermedades no pasan del 3%, más o menos, de prevalencia en la población.
- ¿Entonces qué ocurre?
- Un agresor puede sufrir un trastorno de ansiedad, una depresión, tener problemas de abuso de alcohol, un tema del que se habla mucho... ¿Pero eso está relacionado con la violencia? No. Porque si no cualquiera que tuviera una depresión sería una persona agresiva. Estos factores acondicionan la conducta pero no explican de manera causal la violencia. Las personas que están fuera del círculo de la violencia tratan de etiquetar al agresor para que parezca que es distinto. «Lo hace porque es alcohólico, pero a nosotros nunca nos va a pasar», se dice, cuando el alcohol realmente no tiene una influencia causal. Los agresores de mujeres son personas normales; esa es la tragedia del asunto. Estadísticamente puede ser cualquiera. De hecho, el 70% de los agresores ejercen violencia hacia una mujer en un entorno concreto, que suele ser el de convivencia, pero en el resto de la sociedad suelen estar perfectamente integrados.
- ¿Es posible la rehabilitación?
- Se puede hablar de reinserción y de resocialización. El agresor, en principio, no es un enfermo pero sí es un delincuente, tal y como están establecidas las leyes. ¿Por qué cuando que vas por la calle y te agrede un desconocido entendemos directamente que se está cometiendo un acto ilegal y, en cambio, cuando nos agrede un conocido, nos parece que es algo más legítimo? Se trata de alguien que está transgrediendo el ordenamiento jurídico y las normas de convivencia. Por lo tanto, cualquier medida va destinada a reinsertarle en el orden normal de la convivencia. ¿Por qué hablo de resocialización? Porque parte del contenido ideológico que sustenta la violencia masculina hacia la mujer tiene que ver con códigos sociales que ese sujeto ha adquirido a partir del proceso de socialización y de educación, son claves implícitas que se transmiten culturalmente según las cuales la mujer y el hombre tienen papeles distintos y los roles de la mujer son, en términos masculinos, inferiores o subordinados a los que ejerce el hombre. Y este sustrato ideológico social es el que facilita la posterior justificación que hace el hombre individualmente cuando agrede a la mujer.
«Los hijos son receptores de esa violencia aunque no reciban ninguna bofetada»
- ¿Cómo valora la Ley Integral de Violencia de Género?
- Es un adelanto muy positivo, porque reconoce un problema social complejo que merece una respuesta integral. La pega es que se ha tramitado muy rápido y falta desarrollar algunos elementos importantes como, por ejemplo, toda la cuestión relacionada con la reinserción de los agresores. Hay que pulir la ley.
- Se está debatiendo la idoneidad de la pena de alejamiento.
- El problema de base es que las medidas de seguridad se establecen sobre la víctima y no sobre el agresor. A la mujer hay que protegerla, por supuesto, con todos los medios necesarios. Pero desde el punto de vista funcional, el agresor va donde quiere y hace lo que quiere. Sabe que tiene que estar a 100 ó 500 metros, pero puede estar acechando a la mujer. Habría que activar algunas medidas de seguridad sobre el agresor, que tenga menos libertad de movimiento. No estoy hablando de la prisión preventiva, pero se trata de limitar su movilidad.
- ¿Qué se puede hacer cuando la víctima vuelve con el agresor?
- La situación es complicada y cada caso es distinto. La raíz está en que la violencia produce unos efectos traumáticos en la víctima y modifica muchos de los elementos que normalmente los seres humanos usamos para la extracción de juicios y toma de decisiones. Pedir a una mujer agredida que piense con claridad meridiana es, por lo menos, injusto. Además, le está agrediendo alguien a quien ha abierto las puertas de su espacio emocional, con lo cual el efecto traumático es mayor que si el agresor fuera un desconocido.
- ¿Qué pasa con los niños que han estado expuestos a un entorno de violencia?
- Son siempre receptores directos de la violencia aunque no hayan recibido una bofetada, ningún zarandeo, ni una mala respuesta. De entrada, son espectadores de un clima de estrés, de tensión... Eso les afecta porque no saben interpretarlo. Se contaminan los procesos de referencia que tiene el niño a la hora de construir su conducta o su propia personalidad. Diría que el efecto traumático puede ser más grave incluso cuando el padre trata con cariño a los hijos de manera clara y luego agrede de manera evidente a la madre.
- ¿Y qué efectos produce a largo plazo esta situación?
- La sintomatología psicológica es similar a la de las madres: estrés postraumático, trastornos de ansiedad, desordenamiento de la conducta... En cuanto a la transmisión intergeneracional del maltrato, existe la posibilidad de que los niños masculinos repitan el patrón del agresor y las niñas el de la víctima, pero es un fenómeno que no se da siempre. Hay una serie de factores de riesgo, y haber sido expuesto a la violencia en la familia de origen es uno de ellos, pero no es determinante. Hay otros factores que son sociales, como cualquier código machista, una educación autoritaria...También hay factores que protegen, como el hecho de que el niño tenga un adulto sustitutivo (hermano mayor, profesor...).

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